San Pedro, perro, abre la puerta
Pretendo sacar hilo de oro
de las lágrimas atragantadas,
las que no puedo sacar todavía
porque no estoy preparado.
Pretendo coserme el ánimo
para fardar de cicatrices útiles,
del bruxismo armónico como BSO,
de las penas que me persiguen,
y de las conversaciones que nos faltaron.
Estoy cansado de ver cómo se desmoronan los hogares de recuerdos limpios.
Los que se levantan vínculo a vínculo.
Al perro no le queda saliva
con la que curar nuestras heridas,
y si algo me queda por hacer es seguir caminando
por aquello que tanto nos merecemos.
El cielo de mi boca es un nido de pelos
y de tanto que los he aguantado sin escupir
-por respeto y salud pública-
se alzan como inyecciones de tragedia.
Cada una nueva, sutil, cárcel de mi lengua.
Me arden los puntos de sutura que silencian mis labios.
Me guardo su dolor detrás de los espejos
pa que no se me repitan. Los colecciono.
Colecciono los colores del dolor,
sus gramos y sus pelotas.
Los guardo en una caja de madera inflamable
por si un día arde uno que ardan todos
y me queme yo a su vera.
Me siento débil por pintar
una raya en la arena frente al sufrir.
Entre la dicotomía del vivir o estar vivo,
Vomito equidistancia.
He elegido autoengañarme.
He elegido vivir en mi deseo
con sus consecuencias pragmáticas.
Nos hemos vestido de mártires
porque herida sobre herida no sangra
y cada vez le queda menos saliva al perro
con la que sanarnos.
No me sirve de nada ladrarle al aire,
suplicarle entrar al cabrón de San Pedro
-que no le gustan mis pintas-.
Pedirle a los robots que vistan mi piel.
Que observen mis lágrimas sin gravedad
y procesen la melodía
de los callos que almendran mi voz.
Porque la memoria es un registro de los deseos del pasado
el futuro es una mutación idealizada de nuestros propios recuerdos.
Comer vergüenza también es humano
para hacer arte de mis cicatrices,
para volver a verme sofisticado,
un aparato digestivo de emociones funcional.
Entre la dicotomía del vivir o estar vivo,
he elegido equidistancia: mentirme
y meterme un millón de chupitos de pragmatismo.
De todo esto resulta un árbol genealógico
de letras temblorosas.
Un compendio de recuerdos arraigados en el sufrir.
Una madre menos madre más acero
y unos hijos que han dejado de gatear a los golpes.
Y lo único que hemos aprendido es que
Lo que dura un cuerpo en caída libre
no lo sabe nadie.
Me la pela San Pedro y su clasismo revenío,
porque en el infierno pinchan technaco
y me esperan mis gremlis fumando en la puerta.