Revolución horizontal
Hago estas pompas de jabón esperando
que lo efímero signifique algo
y no conjugarlo siempre
con el pretérito del verbo ser.
Este ritmo es un volver a empezar
rato a rato, puchero a puchero;
aunque sobre los adoquines
se quede el caucho de las suelas
y el fuego de los mecheros
en el calor de los bares.
Porque lo efímero significa algo
y no lo que se pierde por la vida,
por la espera a la ola
que se levanta con grito de abismo
a desuellarme con los guijarros de la orilla.
Los anillos de humo
que me salen de los canelos
son por hacer belleza de lo muerto;
por sentirme tanatopractor
de los seres inertes que perecen,
para reflotar los pecios encallados
en el fondo de mi memoria.
En este mundo de exceso de entusiasmo
y de falta de alegría
elijo bucear entre mis sábanas;
porque mi cama no asfixia,
siempre está caliente;
porque aquellos eternos «ponme al día»
se quedan sin horas que pueda recrear.
Me gusta que me llamen perdedor
en el tiempo, hacedor de chicles estirados,
persiana liada en el after,
que me recnozcan
el no intentar ganar ni un trofeo
del campeonato de lo frenético.
Me pone sentirme desertor
del baile de máscaras del Temu
bajo la tormenta de superación y meritocracia:
Los ricos no se hicieron ricos currando;
y por las costuras de mi edredón de titanio
no se cuelan los acáros, como la dignidad
no se consigue con ocho horas de esclavitud.
Me quedo en la cama,
haciendo la revolución horizontal,
con el cuello quieto, sin moverlo,
sin salir de farra ni fichar en el tajo,
sin minutos ni historia que contar.
Me quedo viendo como se deshacen con mimo
las pompas de humo que flotan
sobre el reloj de mi cuarto.