Jindama
Esta jindama que me entra
por verme empanao en el rompeolas
viendo como se recoge la mar,
antes de tragarme en su grito de abismo,
esperando que me destrocen las rocas del suelo
tras el revolcón;
y yo tieso por los calambres
y mudo de la farra,
es el precio a pagar por sobrevivir a Sarajevo.
Por ver cómo se mermaron las tropas
y resistir el asedio en una falange monomarental.
La eterna sala espera de la catástrofe
la tengo mu bien cuidá.
Llena de flores robadas de los patios cordobeses.
Una placa infinita de polen de Ketama
y muchas ventanas para que entre el sol
y pa poder escabullirme como el bandido Zamarrilla
cuando lleguen los picolos
con sus confetis y matasuegras.
Ahora quiero que la cuide otro
quiero salir de allí, echarme un vispringnazo
colocarme las gafas de sol
y regar con cerveza las matas de la azotea.
Este canguelo raro que me recorre la espalda
cada vez que me invade la salmuera rinconera
cada vez que se me riza el pelo de la humedad
es cosa del kairós; de esta paz inusual
con la que me migo los porros,
cada bocanada de aire me sabe a jazmín
y tierra mojada de rocío
por los excedentes de tiempo
que le he mangao al corno
por el tienes los huevos de plomo
y los arrastras que te los vas a pisar.
Ahora elijo volver a estar tol día
en la calle de mis deseos
en mi banquito de los placeres
de la plaza de mi Eros.
Esa misma jindama que me recorre