Paz, mesura, misericordia
Con los escombros me he hecho
una Luna de diamantes, y ahora
todas las farolas me iluminan con más fuerza.
Los soles se me quedan tol día
y el viento me lía los petas que me sacan la caraja.
No se puede encontrar el One Piece
porque nunca termina de hacerse,
porque cuesta cruzar un infierno
y sin mirar patrás porque ya sabemos lo que pasa.
Porque hace falta mucho menos cemento
en nuestras decisiones, en nuestras perspectivas.
Más miedo y menos temor.
La única belleza objetiva la tienen las cicatrices.
Y el terror más efectivo el ariete y los grilletes.
La misericordia es pensamiento mágico
y rogarla gesto de cobardía.
De los cascotes he sacado pilares de Kintsugi.
Los que levantan el templo a la pereza,
a dormir en horario laboral,
al olor a sábana limpia.
En sus cimientos he cavado un búnker.
Me sobrevuelan vuestras bombas de sadismo
y me resbalan vuestros argumentos podridos
de guerra por la paz.
Todo es petróleo y poder,
y yo soy todo luces de colores
y porritos en calzoncillos de lunes a domingo
porque merece más la plusvalía de mi tiempo
que sus sueños de ego y caballos sin estribos.
Porque merce más la yerba fría y el olor a mar
que un éxito de oficina, la frustación,
su reconocimiento hipócrita.
Con los alambres que me han quedado
he dejado bien amarraítos los ladrillos de mis principios,
y el lobo no viene a soplarme.
Se queda cagado con enfisema pulmonar
por tanto alquitrán y nicotina.
Y yo le espero en mi balcón de jazmines y cenefas,
a que se canse de hacer el ridículo.
A que se dé cuenta de que me soportan
las convicciones necesarias para navegar mis contradicciones.
Que ceder ante ellos es traicionar las utopías.
Que no estamos solos ni solas,
que somos Nakamas, y que pueden venir con jaulas
de moral, ética y contratos con garantías,
pero que saquen sus manos sangrientas de nuestro yo,
porque por muchas veces que nos quiebren
nunca seremos parte de su nosotros.