Cuantas cosas he de cambiar de mí
para ser como quiero se: qué soy.
Se lo debo a un niño de barrio
corto, soñador en largo y tendido.
Me lo merecen las horas de llantos
en morse y no conozco el código.
Las noches en el balcón
con la Luna de luz tenue,
un boli y un papel limpio
que diluyen ideas frescas.
Eso era lo que pedía el folio
y lo que saca mi mano en inerte;
incontrolable, suelta; mente ágil.
El instante de la idea perdida
que se ve transeúnte del tiempo
en un espacio vacío,
blanco, como la mesa de reposo:
un punto de inicio que torna rojo.
Colisión. Son ecos fríos,
retumban mi pecho; rezuman vísceras.
He perdido razones, hallo otras.
El Superhombre de Nietzsche
es el niño al que mato,
el que juega y transmite,
ejercicio de pinta y colorea.
El que hace plastilina
de todo lo que tocan sus manitas.
Ha nacido una estrella
y han muerto muchas otras.
Hoy es perfecto. Mañana
un papel en la basura.
¡Que disfrute mi yo ya!
y sufra mi yo luego.
Deseos, amores, miedos,
carencias, defectos, sangre,
esperanza… ¡Salid de mi neurosis!
Que mi pan sigue caliente
y la vida es un show que se repite.
Siempre con mismo final
para con todos sus protagonistas.