He crecido en la orilla
mecido al son del carácter marino
Allí he aprendido
las cosas más útiles de la vida
cosas que trascienden a los cuerpos
a los barrios y a las ciudades:
La primera lección
Latir de la marea:
Lo que viene se va.
Alumbra el rompeolas
y muere en su regazo.
Segunda enseñanza:
Oleaje embravecido
siempre arrastra piedras.
Marea apaciguada
siempre esconde rocas.
La tercera utilidad:
En aguas turbias
todo ser es monstruo.
Hasta que la luz
muestra sus miedos.
La mar es un universo en sí mismo:
con sus leyes, ciencias y superpoderes.
Con sus injusticias e incongruencias.
Con sus ritmos yámbicos y trocaicos…
Nacer crecer y pensar a la orilla de la mar.
Al perfume de salmuera y algas.
A la desidia de la vida por estaciones.
A la vera de un pueblo costero
la vida ocurre durante tres meses,
los restantes se pierden en desempleo,
INEM, barras de pan y polen,
piedras de arena y éxtasis,
gramos, monotonía y lodo en las sienes.
En los meses que la vida no-fluye
se respira por fin oxígeno
se siente el poco espacio que permiten los turistas
al frescor de la brisa del mar.
El futuro es una ácida indigestión.
La llave que rompe la monotonía
es un autobús impuntual,
un alfiler que cose esta esquina de mar manso
con los estímulos de una maraña de luces,
de una ciudad-parque-de-atracciones.
Una plaza, parque, mirador, montón de arena
es la bocanada de aire previa inmersión
una postal viva en la memoria
un tesoro achantado en una cueva
…
una cárcel con barrotes de oro macizo.
Un pueblo costero
es como el salabre de un crío
que juega a atrapar
los más débiles pececitos de la orilla.
Se siente seguridad en esa pequeña red.
Se siente el placer del indulto sobre el cadalso.
Las calles son los hilos,
los nudos plazas y terrazas.
Todos quieren salir.
Pero todos temen abandonar este embudo reticular.
Su espíritu periférico,
su calma perenne,
la idea de que los críos te devolverán a la mar.
De donde vienes.
De donde sales.
Y hacia donde vas.
Un pueblo costero tiene un abismo frente a Madrid.
Es Madrid el que tiene un puente invisible con los pueblos.
Madrid imita un pueblo costero.
En Madrid quedan pocos gatos.
Y yo, boquerón sin bahía,
me sigo sintiendo en la red del salabre.
Pero esta vez más grande.
En Madrid no hay gatos
porque ya no hacen falta.
La pesca de arrastre
nos lleva a todos por igual.
En Madrid las calles también son hilos
una red de extensiones bárbaras
y plazas terrazas bancos miradores parques ríos
también son una suerte de fuga
una piscifactoria dentro de la red
todos los chanquetes de Más Madrid
se crían reclamando Más Malasaña
todos los artrópodos de Podemos
pueden reclamar su Argumosa
todos los tiburones del PPSOE
se siguen comiendo a los peces
todos los carroñeros de VOX
siguen comiendo de los muertos.
Este pequeño victoriano
sueña con hacerse un puente de suelo transparente
que llegue de Madrid a Málaga
que pueda ir mirando al suelo
para no perderme
y recordar todo lo que han pisado mis chanclas
Un puente con barandas de espejo
para ver reflejado el cielo
por si un día caen las nubes
un puente que termine
en una escalera de peldaños de mar
donde apoyar el pie suponga
zambullirse en el océano
de sal pasado presente y futuro púrpura
Veo la mar en Madrid
y el cemento en la Mar.
Veo todo paralelo
veo las redes
pequeñas
grandes.
En Madrid,
si la calle es fría,
cúbrete
Pero,
en en pueblo costero,
arrímate a sus paredes.