Parresía

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Parresía

de Wifly Rodríguez

Boquerón sin bahía

He crecido en la orilla

mecido al son del carácter marino

Allí he aprendido

las cosas más útiles de la vida

cosas que trascienden a los cuerpos

a los barrios y a las ciudades:

La primera lección

Latir de la marea:

Lo que viene se va.

Alumbra el rompeolas

y muere en su regazo.

Segunda enseñanza:

Oleaje embravecido

siempre arrastra piedras.

Marea apaciguada

siempre esconde rocas.

La tercera utilidad:

En aguas turbias

todo ser es monstruo.

Hasta que la luz

muestra sus miedos.

La mar es un universo en sí mismo:

con sus leyes, ciencias y superpoderes.

Con sus injusticias e incongruencias.

Con sus ritmos yámbicos y trocaicos…

Nacer crecer y pensar a la orilla de la mar.

Al perfume de salmuera y algas.

A la desidia de la vida por estaciones.

A la vera de un pueblo costero

la vida ocurre durante tres meses,

los restantes se pierden en desempleo,

INEM, barras de pan y polen,

piedras de arena y éxtasis,

gramos, monotonía y lodo en las sienes.

En los meses que la vida no-fluye

se respira por fin oxígeno

se siente el poco espacio que permiten los turistas

al frescor de la brisa del mar.

El futuro es una ácida indigestión.

La llave que rompe la monotonía

es un autobús impuntual,

un alfiler que cose esta esquina de mar manso

con los estímulos de una maraña de luces,

de una ciudad-parque-de-atracciones.

Una plaza, parque, mirador, montón de arena

es la bocanada de aire previa inmersión

una postal viva en la memoria

un tesoro achantado en una cueva

una cárcel con barrotes de oro macizo.

Un pueblo costero

es como el salabre de un crío

que juega a atrapar

los más débiles pececitos de la orilla.

Se siente seguridad en esa pequeña red.

Se siente el placer del indulto sobre el cadalso.

Las calles son los hilos,

los nudos plazas y terrazas.

Todos quieren salir.

Pero todos temen abandonar este embudo reticular.

Su espíritu periférico,

su calma perenne,

la idea de que los críos te devolverán a la mar.

De donde vienes.

De donde sales.

Y hacia donde vas.

Un pueblo costero tiene un abismo frente a Madrid.

Es Madrid el que tiene un puente invisible con los pueblos.

Madrid imita un pueblo costero.

En Madrid quedan pocos gatos.

Y yo, boquerón sin bahía,

me sigo sintiendo en la red del salabre.

Pero esta vez más grande.

En Madrid no hay gatos

porque ya no hacen falta.

La pesca de arrastre

nos lleva a todos por igual.

En Madrid las calles también son hilos

una red de extensiones bárbaras

y plazas terrazas bancos miradores parques ríos

también son una suerte de fuga

una piscifactoria dentro de la red

todos los chanquetes de Más Madrid

se crían reclamando Más Malasaña

todos los artrópodos de Podemos

pueden reclamar su Argumosa

todos los tiburones del PPSOE

se siguen comiendo a los peces

todos los carroñeros de VOX

siguen comiendo de los muertos.

Este pequeño victoriano

sueña con hacerse un puente de suelo transparente

que llegue de Madrid a Málaga

que pueda ir mirando al suelo

para no perderme

y recordar todo lo que han pisado mis chanclas

Un puente con barandas de espejo

para ver reflejado el cielo

por si un día caen las nubes

un puente que termine

en una escalera de peldaños de mar

donde apoyar el pie suponga

zambullirse en el océano

de sal pasado presente y futuro púrpura

Veo la mar en Madrid

y el cemento en la Mar.

Veo todo paralelo

veo las redes

pequeñas

grandes.

En Madrid,

si la calle es fría,

cúbrete

Pero,

en en pueblo costero,

arrímate a sus paredes.

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