[El universo de mi cabeza
lleno de álbumes con fotos ciegas,
plagado de deseos en crisálidas viejas,
erigido sobre mármoles de neurosis paranoide;
está comprimido en una voz entonada en el abismo,
como el estruendo del mar cuando desnuda los acantilados;
como un eco que se repite
siempre con las mismas frases
siempre con las mismas historias
que no se va no se calla no descansa].
Soy el astronauta a la deriva en su propia inmensidad.
Perdido en el perfecto caos de su espacio-tiempo.
Derrotado por el dualismo del interior-exterior.
A tantos pársecs de todo lo que le rodea
que no hay mensaje SOS que le socorre.
Con tanta basura espacial a su alrededor
que no hay error contra el que no choque.
Soy el astronauta errante de su vasta nada.
Harto de girar en aquel oscuro carrusel de voces.
Temeroso de jadear los últimos suspiros de oxígeno.
Cansado de esta escafandra salvación y condena.
No temo saltar al vacío porque ya estoy cayendo.
No temo tomar el impulso porque ya estoy cayendo.
No hay quien me soporte ni lanzadera de emergencia.
Soy el astronauta satélite de la estrella Soledad.
Orbitando paciente entre las estelas radioactivas
que van degradando poco a poco las voluntades.
Voy a tomar la cobarde decisión de no temer al adiós.
Como un Ícaro con insensibilidad congénita al dolor.
Las neuronas tirarán de mi carro Areté
para envolverme las plumas en llamas,
y tras el baño ígneo saldré con heridas
de costras de marfil y micarta,
unos ojos de tungsteno y labios de pirita.
No juro vivir: seré el ecosistema entero.
No prometo reír: seré el nirvana eterno.
No espero resistir: seré el bienestar extremo.
Soy el náufrago de mi propio viaje:
“Una muerte intrascendente
para un renacer incandescente”
Título del diario de a bordo
Una muerte de dentro hacia fuera.
Como despertarse de una pesadilla
y comprender que el futuro es
una palabra en constante nacimiento.
Y en ella se escribirán lo epitafios
del astronauta a la deriva en su propia inmensidad.