El corazón del segundero
late muy distinto
dentro de las paredes de mi cuarto:
Acelera continuamente las pulsaciones.
Compite por superar su anterior ritmo.
Y a mí siempre me pilla
con los relojes del revés.
Porque me bebí de hidalgo
el vértigo de su hacer
y tumbé de un cabezazo
la línea vertical que marca su rumbo.
El dictado del minutero
sucede muy distinto
en el denso ambiente de mi habitación:
Se mutila.
Se deshace.
Le cuesta avanzar.
La aguja se arrastra.
Su paso dura un pitillo.
El humo baila a su ton y son.
Y yo bailo la macabra danza de su sino,
la profunda balada del tiempo perdido.
El perezoso horario
avanza muy distinto
en la esfera de mi despertador:
A veces encabalga las horas.
Se le olvidan los números.
Y aún con la certeza
de que me engaña,
yo sigo sus proclamas
y obedezco el guion
que un borracho torpe
me escribe sobre la marcha.
El tiempo se pierde cuando me pierdo
en cualquier rincón de Madrid
El tiempo me huye cuando huyo
de Madrid a mi querido Rincón
– buscando ser
El domador de milésimas
el adjunto al director cronologías
un jornalero del espacio-tiempo
– buscando tener
sueños como anales
memorias de deja vù
e historias de rumores.
Mi paso por las galerías del tiempo
no es más que ser testigo
de una vida llena de infinitos
que devoran mordisco a mordisco
los cuerpos caducos
que intentan utópicamente descifrarla.