Parresía

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Parresía

de Wifly Rodríguez

La persiana que nunca abre

La luz ocre de una inerte mañana

me hizo dudar de todo lo que mis ojos

son capaces de ver;

Las ladrillos se fundieron

en el zócalo de mis pupilas,

como pintura corrida

de un cuadro recién parido.

Sentí un pequeño remanente

de eso que llaman Nirvana

durante un vaivén de tiritones.

Me encontré sobre un mapamundi del revés

en un rincón de la rígida Europa.

En algún lugar de sus profundas arterias,

de su cuerpo de carbón,

se levantó una persiana que nunca abre.

Desde

caer cuerpos desde las cornisas

y la sangre que arrastran consigo

densa como alquitrán.

Las paredes han desatado un rumor.

El grito tóxico de los avaros

aumenta sus decibelios

de menos a más de abajo arriba.

Y nos arrastra a todos a lo más profundo de sus pozos.

La ciudad engendra mil bastardos

en los mares de sangre y semillas

que se forman en sus alcantarillas,

alumbrando por las arquetas telefónicas

a estos seres amorfos y sin garbo

que lloran al ver rotos los troqueles

de donde han salido,

mientras devoran los jirones

que dejó en su huida de plata la empatía.

Todos esos mutantes de la ciudad,

esperan abajo a que salte

desde este balcón vestido con luces ficticias

y que deje mis sesos esparcidos

por el tapiz de hormigón

que hay bajo sus molidos pies.

Todos esos engendros gritan

en una coreografía de aspavientos

y de ademanes de violencia

buscándome, reclamando mi rutina

de dejar mi persiana bajada

porque no tengo textos que leer

ni palabras con que expresar

el grito de desesperación

resultante de una libertad inventada.

La luz caoba de esa apática mañana

me hizo poder esclarecerme y ver

bajo las capas de perfección absoluta

de aquellos monstruos disfrazados de ego,

y en mis arrebatos de lucidez

darme cuenta

que mirando más allá

del cimborrio de la torre,

a párcecs de distancia,

es todo tan nítido y justo

que la más compleja ley

se puede diseñar en una servilleta de papel.

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