Tan gastada la goma de las suelas
que las plantas olvidaron la virtud del tacto
y no hubo nada sentido por el camino.
No fue nada plácido,
aun con el dolor de nuestra parte,
apartar los cristales del sendero,
escombros de la realidad,
las punzantes palabras oxidadas.
El fin de la ruta resultó ser
un acantilado donde la Luna
se baña con miel helada
que el horizonte vierte.
Sentados en aquel borde
con los pies chorreando sangre
como cataratas gules
nos atormentamos
qué hacer si el sendero desbrozado
que nos ha tocado recorrer
no ha supuesto nada más
que endurecernos la piel
en un trapicheo de sentimientos afilados
qué hacer con esta piel de cartón
que sin distar de una máscara
no se puede romper cual cascarón
para que abra los ojos ese ser vulnerable
que llevamos en el averno de nuestro ego
En el final del trayecto
nos cantamos los versos
que nos debemos.
Buscamos una misión
para esta poesía monodosis.
Este recorrido solo es otro día
en el que faltó susurrarnos amor,
y que dejaremos tras él
posos de nostalgia y lexatín
y las sobras de las promesas a medio gas.
Cuando el sol vuelva a ganar
la pelea de besos y coitos
a la Luna vestida de lentejuelas
y vuelva el alter ego
a vestir nuestras pieles
lloraremos la misma sal por los ojos
y quemaremos los mismos callos de nuestros pies
balbuceando entre quejíos
la tormentosa cuestión de llegar más allá
del final de nuestro camino.
Un día más es un trayecto nuevo
donde brotan más espinas que pétalos
y los peregrinos usan capas de inseguridades
para taparse todas sus heridas gangrenadas.