Por más que me apriete las sienes con los pulgares,
por más que el aire frío encoja mis pulmones
y yo los termine de enrollar en mi tórax
quemando los restos de la pitillera;
por más dulce que sea la falsa sensación
de fuego en el pecho, lágrimas de verdejo
y mordiscos por el éxtasis de las rólex,
no tendré nunca el momentum donde el sudor
haga su maridaje divino
con la tinta negra de mi pilot
y engendre un monstruo con costillas
de versos con pedigree,
lengua partida por la metáfora,
un par de párpados de duro metacrilato
y la voz – un gemido protestante,
como el yunque que prefiere ser hueco tambor
que metal siendo golpeado por otro metal.
Por más que apriete la punta del boli y se doble de rabia,
por más pelos caducos que arranquen mis dedos
y yo los tire por el balcón en arrebato de cólera
cayendo al ritmo maternal del cálido viento;
por más viva que parezca esa falsa realidad
de contratos indefinidos, créditos sin comisiones
y éxito galopante por esfuerzo y sacrificio,
no hallaré nunca el momentum donde el ardor
haga su conexión divina
con la dopamina de mi mente
y vomite un leviatán con escamas
de imágenes sin contexto,
aletas redondas por la sinestesia,
un par de colmillos de punta roma
y la voz – un sollozo profundo
como el bafle que prefiere ser sordo cantor
que sonar estando aburrido por otro sonar.
Por más que afile el lápiz
por más que engrase las teclas
de mi imaginación hispano-olivetti
no ocurrirá esa aparición
ese momento de súmmun
con garantía hollywodiense
de dejar un bosquejo cosido con hilo de originalidad
la excelencia buscada en letra ajena
porque con la halitosis de hiel en cada una de las palabras
que germinan en las microfibras mi papel
no es suficiente para que arraigue lo verosímil
de todas las ideas que escupe con un sutil desprecio
la máquina de escribir de mi egolatría.