Parresía

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Parresía

de Wifly Rodríguez

2.

Tengo un compadre de profesión todólogo

que si te escucha hablar de un tema

tiene que demostrar que sabe más que tú,

– si no de ese, de cualquiera -,

y corregir lo que no has entendido bien,

– porque él sí -.

No logro descifrar sus rituales de sabiduría.

Sus métodos de razonamiento,

sus capacidades deductivas

ni su profunda reflexión.

Nada nuevo se le puede enseñar.

Todo lo trae de base.

Si no sabe de algo:

en tres días conoce más leyes que un abogado

en cuatro habla latín y perfecciona el hebreo

y en una semana sabe cómo asaltar el Palacio de Invierno.

No llego a comprender qué tengo que hacer

para evitar su juicio,

el golpe de su martillo en mi oído

cada vez que entona mi nombre,

quitarme la patita de encima en cualquier conversación.

Tengo que decirle a mi compadre

mi opinión sobre su pecho palomo,

sobre sus tonos agresivos

y ese lenguaje corporal tan violento;

decirle que me tiene la moral comía

y que ya me queda poco por hacer.

Mi devota cobardía es parte del problema.

Tengo pánico al sumario de su juicio.

Las palabras de veneno

que comente con mi otro compadre.

Siento pavor al conversar con él.

Me da vértigo sentirme inferior.

Ver mi ego expuesto y lapidado.

Soy reo del silencio evitando la confrontación.

He alimentado al monstruo

que prefiere excederse en palabras

y prolongar los silencios.

Las toxicidades masculinas

que forjarán en el adiós

ese frío telón de acero

que taparán nuestras miradas.

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