Tengo la madeja llena de hilos,
y pocas agujas para enhebrar.
Tengo la cara llena de lastre
y pocos gestos de amor.
Ya no miro las pupilas de nadie,
he roto espejos a gritos
y me sangran lápices la voz
porque suelo chapar la noche
con un quejío tan feroz
-con un tinte tan podrido-
que hasta el sol prefiere esconderse
por no quemar mi piel.
La culpa es mía y del horizonte.
Tantos mares bailados
cogido de sus solapas
que se me olvidó
cómo se mueven los pies al caminar.
Me embarqué en hidropedal
en busca del One Piece.
Me susurró el rompeolas
que gaste cuidado con las espinas
porque siempre afloran
cuando hay abono debajo.
Que la arena siempre quema
bajo las plantas de los pies.
Y que los piratas no aceptan nakamas
con tanto ruido entre las sienes.
Con esas condiciones,
he decidido amanecer púrpura y limpito
sin basugre ni vinagre,
oliendo a lemon haze,
con el lagrimal curtido.
Me he despertado más pirata que todos ellos.
No me importa ver el mundo arder
porque los vampiros y zombies
se están comiendo la realidad
con la ferocidad del hombre lobo.
No necesito protección
porque Frankenstein camina conmigo.
Soy el mutante que asusta los monstruos.
La descendencia del deseo y el placer.
Un inocente hecho jirones
que prefiere escupir los dientes
antes que tragarse montañas de mierda.