Si el ayer languidece por ideales
de cimientos con corsé,
el hoy tiene mis vacaciones disueltas
en el olor azufre de tu boca de volcán.
Sin tregua de la radio – ni su antena
ni de las voces que invoca
para dictarme las últimas barras de la noche.
Esas horas que renuncio a ser Rodríguez Ruiz.
A Ser de mi madre y de mi padre.
A ese sopetón de amanecer pálido
con el frío de los 40 grados con sombra
que he mantenido como condena que abriga
las causas sangrantes en las que me embarco.
Media Andalucía atravesada en mi garganta,
algún que otro jinete rociero muerto
que quiere pudrirme el rojo de los huesos.
La otra media atorando mi intestino podrido.
Yo aún no sé qué proteger.
Aún dudo si hay algo para ello.
No me han quedado más historias
para postergar al quehacer extraordinario.
Pero tengo cristalino que
La poesía del pelo largo que caga versos
de verano e invierno en el Corte Inglés
que prefiere el exceso de egolatría
a la actitud pusilánime que uso como esmoquin,
esa poesía, no vale más que la pluma de una paloma.
Rechazo la ignorancia de tu carne a mi carne
como mordisco sin aliento de los perros
y los cabellos que me arranco mientras te tiro beef.
No sé que me queda por aguantar
pero sé que me quedan los lazos que tejo
más allá del calor que derrite mis ojos
donde las montañas se desprenden del frío.
Y me quedan restos en los dedos
por haber migado mi autoestima
para sacar los únicos versos
que no huelen a humedad
pero hacen match con la Luna
y con sus sueños plateados.
Lo que te quede a ti
y lo que te llene la sonrisa
es lo que denigra la vieja profesión
de sacar provecho al dormir despierto.