Ayer saltó una estrella
del cielo a la tierra.
Calle de la Esperanza amaneció
con un cadáver en el regazo
y un intenso bombeo
de luces azules
y exámenes forenses.
Porque algo falló en su nombre
porque pudo más el miedo
que la maldita esperanza
y no quedó ni un ave María para rezar;
solo un charco granate
que se esfumó por la boca
de una manguera a presión.
El socorro siempre aparece
después del show de la gravedad.
El dolor se va con el tiempo
el recuerdo perdura en el camino.
Tocó suelo un martes
pero su caída duró
una desesperación eterna.
Sabían las farolas
que iluminar los caminos
es pretencioso;
que disipar los miedos
por pavor al futuro
tiene profunda carga de dolor.
Usar crueles mocasines
es decisión política;
Más ameno resulta pisar las calles
con las gomas de las bambas,
marcar suave los senderos
para encontrar la salida.
¡Cuántos monstruos rabando
flores de cristal que cortan los pies
a los viandantes!
Las bestias destrozan
los caminos de señales florescentes
envenenan la vida con pócimas milagrosas
y sonrisas de pesadillas con firma Vitaldent.
¡Cuántas puertas abiertas
y pomos fríos que las custodian
con indiferencia!
Los infantes pintan
con tiza mapas en el suelo
dejan migas de pan para marcar rumbo
y usan dentaduras sin argamasa Kukident.
Su camino estaba cortado
y no tuvo forma de coserlo.
Ya no brillan los focos
en Calle de la Esperanza,
ni lo hacen los luceros.
Ni el alba ni noches de candela.
Las llaves están perdidas
y los portales inundados
por la falta de utopías
en las que depositar
algún tipo de fe.