Los gatos andan
por un alféizar tan fino
que viven en un constante
caer al vacío.
El tiempo se niega a ser vertical.
Los edificios mastican personas
y eructan sus cuerpos
sin sueños ni recuerdos.
Siguen existiendo Jerjes y Nerones;
Felipes, Carlos e Isabeles.
Con el mismo ruido del ayer
en el cristal de sus ojos.
Siembran nostalgias
y recogen bombas.
Se van por el norte las ventanas.
Las promesas de sol y viento del sur.
Las piedras no matan a escondidas;
todas las manos se ven en 15K.
El negro manto de la noche,
por no ser desconsiderado,
ya no enseña estrellas
ni saberes útiles.
El norte es casa de Jerjes y Nerones:
Alejandros, Catalinas y Hassanes.
Todos creen saber la verdad:
que los felinos son descarados
y siempre acaban cayendo.
Que las personas somos la alfalfa
De los mastodontes de acero
que se alzan a pie de playa.
El Siglo XXI está gobernado
por emperadores y reyes raperos
con sus pastores ausentes de Pueblo.
El Siglo XXI está estimulado
por mamporreros trumpistas.
Llueve cáncer, los dedos están amarillos
y están perdidas las utopías
que enseñan a hacerse sur el norte
y un espejo oriente y occidente.
Están borrados los relatos
que hacen realidad
el sentido de las palabras;
y que suprimen lo incierto del futuro.
Los niños mayores del Siglo XXI
cargan traumas de acero,
heridas abiertas en canal
y sonríen con cocaína
entre los dientes.
La nube negra que acompaña
el andar prematuro
llora un ácido corrosivo
que hace surcos de papel
en sus mejillas arrugadas.
Tienen miedo los Jerjes y Nerones,
Los Jorges, Cristinas y Alfonsos
a que el sol no se caiga por el acantilado cuando le toca;
a que los gatos nunca se dejen llevar por la gravedad
y que tanto ellos como nosotros
cumplamos nuestro sino
de cruzar por las cornisas
refugiados en la seguridad de los instintos.