Propongo no volver a currar
un miércoles más,
no verte más la cara
el día regalado contra la monotonía,
no ver los pelos de gomina
en despachos pulcros y oscuros.
Necesito descoser las ideas
paranoides de mi día a día.
Que el lunes sepa a vino tinto
y los martes se marinen
con popper y luces de neón.
Que no me haga falta
la doctrina rutinaria
ni alarma de bomba en el despertador.
Solo preciso los segundos
que me debe el calendario;
las neuronas que yacen
en las punzantes jaquecas;
encontrar el tiempo perdido
como primera tarea de la mañana.
Me ha partido el ego la costumbre
el constante corre corre que no llego
a la línea seis densa y profunda
como el timbre nasal de mi voz.
El metro me pasa de largo los viernes
y por debajo de mi cama los sábados.
No trabajar los miércoles es lo que necesito.
Quiero que el gusano de hierro
se olvide siempre de mí
y tener una excusa bien hilada
para arrancarme los pelos del pecho
para coleccionar motas de polvo
y contar las gotas de pintura del techo.
Quiero descansar todos jueves
de la resaca de los versos
que anoche bebí con fervor literario.
Quiero decir con franqueza
que me conoce mejor que todos
el algoritmo del spoti
y que se me pierde la salud
en los tramos sin cobertura
de camino al tajo.
Tengo que dejar de trabajar los miércoles.
Amo los putos miércoles.