He elegido recordar las palabras de navaja
enquistadas en los bancos,
las letras donde escondimos los esputos,
las naranjas en cada esquina de la plaza.
El mar era telón de fondo y el atrezzo
el salitre pegajoso de los pelos de la nariz.
Nuestro Mediterráneo lloraba espasmos en su orilla
y escondía promesas de fino cristal.
Nunca llovió alrededor de las farolas.
Las lágrimas eran Victoria malagueña.
De los balcones caía polen y sus flores
y no, nunca habrá lanzadera espacial
como aquellas azoteas vestidas
de blanco y amarillo.
He querido recordar el poder de los rayos
para partir palmeras de alquitrán
y pasado franquista.
Someto a escarnio público las cicatrices
de mi infancia, el albero incrustado en los ojos,
el parking no – árboles sí
con el que aprendimos a luchar.
He recogido con cuidado
las firmas en las piernas de los soportales,
caracoles, abejas y lombrices,
lagartijas, hormigas y vencejos.
He sabido soñar por todos mis compañeros,
con el olor del reglamento,
con el moratón del balonazo Mikasa.
He querido dejar la fuga y melodía
de Abelardo y Eloísa,
el fútbol sin porterías;
la juventud de mi madre
y las canas en el bigote de mi padre.
He vuelto a saborear verbenas con madrugadas,
y el Canal + codificado.
He mascado, otra vez, vinagretas de chocolate.
He rescatado los kioskos de cigarros sueltos,
petardos y rollos de serpentina.
He seleccionado la silla de ruedas de Pedro
para nuestro aquelarre de Conchitas
y poloflashes azules y cocacola.
Despedidas abiertas y abrazos de agujeros negros.
No me olvido del corazón del Lorca,
ni del Guillén o del Machado.
Ni de las miradas vigilantes del Jiménez y del Alberti.
Las fronteras de sus céspedes.
Éramos la chusma porque su mierda
coloreaba de verde nuestras uñas.
Porque sus tripas y alcantarillas
bailaban al son de nuestra flora intestinal.
Por el juego de botellas
y el tintineo de las cadenas
que nos ataron a crecer.
El grafo morado en el suelo
y las tablas partidas de la chorraera amarilla.
Eramos la chusma de las pipas al sol.
Los ojos que buscaba el faro
de las fuerzas del orden público.
Los críos del pueblo famélico del invierno,
de la ciudad de azahar y turistas del verano.
El hoy que hemos hecho sobre las costras
de los codos y las rodillas.
Dicen que la chusma éramos nosotros
porque la plaza sigue esperando
a que terminemos las cabañas
que nos quedaron a medias
y que recojamos 20 años después
las piedras que nos hicieron las brechas.