Casi caigo en la trampa
aunque no soy un toyaco.
Venga, vale, te compro la jugada:
casi veo el oro en tus palabras
y medicina en tu amianto.
Casi me jalo el truco
y dejo el jardín sin podar.
Casi me como el cuenco
de tiempo a remojo
y parto el reloj de las circunstancias.
No me he creído borracho
para no saber absolutamente nada
de caminos y existencias.
Ni he desatado las tormentas del adentro
(más o menos) porque sí.
Al final, no me he esnifado tus polvos,
ni los pelos de tus piernas.
Solo quise crear muñecos de cera.
Nada más. Y casi me creo que hablan.
Casi les otorgo vida.
A punto de caer en tu argucia mañanera,
en follar por pura rutina
y en el olor de la ropa interior.
Casi termino la colada.
Casi busco el mejor café de todo Madrid.
Casi pierdo mil km de cuerpo.
He estado a un palmo de creer
que las cosas infinitas duran para siempre.
Que soy un crápula que muerde veneno.
Que tengo un banco de medusas
ocupando la bañera,
una playlist de reggeton pasado
y la barba a medio hacer.
Casi me lo trago.
Lo reconozco y te doy ese punto.
Pero por pena, corazón,
que no crea en fantasmas.
Que no confío en Batman
en su guerra con el Joker
ni en las partidas de cartas.
Tu desgracia que confíe
en que una mano lava
con especial cuidado la otra
y que si una pega, la otra
siempre me cubra, bien alzadita,
las partes más sensibles.