Decidí aburrirme de ser demonio,
comerme una vida pulcra de metro y madrugones;
avanzar con los ojos rotos por el sueño
y sangre seca a las puertas de la garganta.
Cuando dejé brotar ácido de palabras
y construirme alcoba en los silencios
resultó que había demasiado orden matinal
y poquísimos cimientos de caos perfecto.
Te creí eso de que estoy majarón perdío,
que ni pajolera idea de nada y desubicado;
y ahora me pago las cuentas con los cascotes
de vísceras que encuentro entre los escombros.
Solo me has dejado por diversión
el sparring contra la pareja de gigantes
que protegen en oblicuo plaza Castilla.
Te presto Lavapiés y los parques con césped.
Te brindo a la gente de ojos tristes
y las lágrimas de alquitrán
que me brotan negras y pegajosas.
Ahora que se me han puesto flamencos
los fósiles de Pompeya, vienen tus matones
a bailarme las ascuas, a avivar mis patologías
a dejarme en evidencia del poco caos
que sustenta mi rutina perfecta.
Me he perdido por mil razones
y por las bombas que masacraron La Desbandá.
Ahora me duele madrugar.
Ahora me duele la mirada roja
y las pestañas partidas del insomnio.
He vuelto a caer de pie en el infierno
porque vuelvo a andar demonio sin cola,
hombre sucio de nariz blanca
y de perfume caliente del limpiavinilos.
Te pido por el amor
que me las des en la frente:
por el culo, no;
que aún me queda el ayer que me erige,
-el niño caótico de mis cimientos-
lo tierno de las miradas de sofá,
y el abrazo del mar malagueño
que me limpia la pus neurótica
que inunda cada noche
la calidez de mi almohada.