Encuéntrame hecho un Quasimodo
tañendo la campana mentirosa
de mis promesas-catedrales,
con miedo de soldado en el castillo de arena
asediado por el rompeolas.
Hállame defendiendo mi puesto,
pescando granos de sal con sueños de cebo,
usando mis treinta palos para hacer las cabañas
que siempre quise con menos de diez.
Búscame en el boquete más oscuro del recuerdo,
ahí, donde no me sirven las palabras.
Donde se hace pedestal la literatura.
Encuéntrame en vigilia delirante
esperando que el amanecer
diluya el vinagre de mis pesadillas.
Sentado, mirando los pájaros del tabaco,
sobre un Mulhacén de errores,
comiendo sobras de las decisiones fallidas
y del ‘déjate llevar por las estrellas’,
curando con lengua de hiel
las heridas de perro callejero;
pintando rayuelas en el suelo de mi cuarto.
Espérame cuando acabe el juego
de ser niño-bandido otra vez.
No sé si voy a regresar.
Estoy poniendo los adoquines de mi ciudadela interior
y aún me queda mucho cemento por mezclar.
Une los puntos de esencia que desprendo
en cada esquina que habito;
hazlo para encontrarme,
para dejarme una pista de cómo buscar tierra,
loco de poniente, incertidumbre y canguelo,
para verme bailar entre tanta mala idea
de que poco importa tanto.
Cada cual se autodestruye como puede.
Eso no se me olvida, por más que lo intente.
Cada cual paga el precio de sus decisiones
con lamentos a la luz y las miradas jugando
al poliladron en el mañaneo.
Deja de buscar entre todas las excusas habitables
que los orcos no existen
y el anillo no pesaba tanto:
Frodo era una carga para Sam.
Y si nos toca salvar esta tierra condenada
haciendo de heraldo del yoísmo,
búscame en el punto más alejado
de todas las verdades y razones;
porque aún me quedan varios hielos en el cubata
y cada uno se autodestruye como quiere.