Parresía

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Parresía

de Wifly Rodríguez

La torre azul del socorrista

No se me han olvidado las mañanas

de expectativas y panes blancos,

galletas Dinosaurio, Dragonball

y los churretes de sudor negro

antes de la hora de comer.

Éramos peces esperando salir

de la jaula con barrotes de mar.

El horario lectivo eran los salabres

de los críos que nos atrapaban

para jugar con nosotros.

Qué pena no haber coleccionado

los granos de arena atrincherados

entre las uñas negras y verdes.

Las lombrices que cagábamos

después de tragar litros de agua salada.

Los piojos que engordaban en mi pelo

y las chanclas que nos robaba el rompeolas.

Echo en falta el “no te metas

con tanta resaca y marea”

y me sobra el meterme

sin que importe la resaca y el mareo.

Tengo nostalgia de la silla de playa de la mama

plantada entre el ecosistema de cremas

toallas, cubos y bolsas gigantes

llenas de sandía y melocotones fríos.

De la torre azul de vigilancia, su bandera verde.

Todavía quiero escalar la torre azul del socorrista.

Todavía me gusta mearme el brazo

porque hoy hay medusas

y enterrarme la pierna hasta más de la rodilla.

Añoro el sabor de los bocadillos con piedras,

las conchas de los ermitaños

y el polvo que levantaba

nuestros partidos de fútbol.

Me entra modorra con los hidropedales.

Ganas de ser capitán pirata en uno de ellos.

Descubrir los misterios del fondo

con apnea y gafas sin tubo,

nadar más allá de la boya:

aquella joya amarilla de la superficie

que marcaba el horizonte

de nuestro campo de juego.

El campo se quedó corto:

Llegaron los guiris y fuimos beduinos.

Unos migramos, otros pusieron las hamacas

donde ahora se tumban los guiris

a pescar melanomas y cogorzas.

Me entra el vértigo de pensar

que he dejado de ser un pícaro gamberrete

que jugaba desnudo cuando el sol

se daba el chapuzón final.

Pero por mucho que corra el aire,

que la mar se levante de poniente

a romper el cemento que le cerca,

siempre quedarán nuestras huellas indelebles

en lo más profundo de nuestra orilla.

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