He tenido la desfachatez
de no ser sincero con nadie
esta noche a petición popular.
Pueden pesar toneladas las verdades
que si el corpus de la ignorancia
adquiere semejante viscosidad
resulta imposible limpiarse
lo pegajoso de sus discursos.
Al final lo que llueve son mentiras
y las ventanas que se abren
para comprobar lo que cae
están más ciegas que los topos.
Que diga hoy que estoy verde por dentro
por pura cuestión de homeostasis,
no es un brindis al sol.
He erigido un monumento al engaño
sin gastar cuidado de los detectores y todólogos.
Cada noticia que he hecho
está contrastada con los supuestos imaginativos
más objetivos que he podido encontrar.
Todo lo que he contado es propaganda.
Justificaciones a la guerra civil
a la que tengo sometida mi cabeza.
Recuerdos hermanos
que ahora se alzan en armas
y yo no paro de azuzar
con las negras arengas
que mi boca escupe.
La razón la tenían las bocas
que ni escupen ni arengan:
He hecho de esa guerra que tengo dentro
una vida entera y cada vez
que oigo el ser compasivo con uno mismo
me revuelcan las dudas como una ola.