Parresía

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Parresía

de Wifly Rodríguez

Dios está muerto y Nietzsche también

Lo mejor es que Dios está muerto

y ha caído con sus jaulas de moral

a lo más profundo del subsuelo;

donde no puede ver mis pasos de polvo,

y no me puede meter en cárceles

de candados de arena y puertas abiertas.

Lo bueno es que Dios ha muerto.

Nietzsche también.

Me convenciste de que los domingos

hacen misas los pastores más elocuentes

en las paredes derretidas de mi casa,

con los albores perdidos entre arcadas

y punzones detrás de mis ojos.

Era tu mentira favorita,

el precio de mis colisiones.

Dios no está de parranda.

Te lo confirmo.

Gagarin dijo que tampoco lo vio en el cielo.

Lleva eones sin sentir nuestro luto.

Se me ha deshecho el papel

donde escribiste las leyes del vivir

y tengo la boca muy sucia

de comer tales mierdas de alto calibre.

Dios no conoce tu purgatorio

porque su sangre es Kalimotxo

y su voz el arpegio del techno.

El ‘seremos para siempre’ no existe

porque Dios no es inmortal

y tú nunca fuiste su mesías.

Ninguno supimos cómo hacerlo:

cómo vivir juntos y conjugar amor

imaginando que es un verbo.

Reconozco que me escocieron las cicatrices

del látigo y de la penitencia cofrade,

que me llevé del templo

todo lo que no era material

y que lo puse en práctica

hasta que me enteré de la tragedia

del todopoderoso: que morir

lo hacemos todos y cagar también,

y si en algún momento tus pedos

olieron al perfume de azahar

de las calles de Andalucía

hoy huelen a cadáver putrefacto.

Lo bueno de no tener rumbo

es poder diseñar un nuevo mapa.

Poder sentir la arena de los pies

sin tener una predicción,

poder beber agua sin hacer milagros

como el más dulce de todos los vinos.

Lo increíble de todo esto

es que una vez hice a Dios vivo.

Hice politeísmo con mis relaciones,

un Opus Dei de las sentencias,

los 40 años de desierto

con los ojos todavía mirando.

Lo increíble es que confié

en que Gandalf vendría a rescatarme.

Pero Dios está muerto, lo sé,

y todas esas palabras

con rebites de oro, coronas de espinas

y hostias de narcisismo

se han quedado sin feligreses.

Soy ateo desde que nací.

Menos mal que Dios está muerto.

Y que Nietzsche también.

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