Deja en paz a los caballitos blancos, mi niño,
no le des de comer alfalfa de ayeres y mañanas.
Aprende a desprenderte de las cosas,
a guardar en frascos la suciedad que levantan
los huracanes y las tormentas.
Quédate con el paraguas que soporta el granizo.
La punta de los pilots también se desgasta
y si dice ser inocente mira bien sus ojos
que tras sus muecas se descifra siempre
el escondite secreto de la verdad.
Suelto, y prometo que no es intento:
Han dejado de dolerme las fustas,
ahora soy yo el dominatrix con látex,
y el norte que me habéis marcado
me lo paso por los huevos.
No era cuestión de mi brújula escacharrá;
estaba tuerta y aún le queda mitad y un cuarto
Para abrir el párpado que le falta.
Déjame una partida de ajedrez más
con los caballitos papel,
apostar con ellos mis pelos de acero
y agradecer los consejos
de quien se sabe persona
con 8 horas de sueño.
El beber agua que es mu sano;
lo del té que sustituye dosis de cafeína;
y yo, Juanmita-liadita
mirando al oeste para ver amanecer
con los pies por fuera del balcón.
Me declaro mamporrero de las flores,
afiliado a las pupilas de canicas y labios de mordiscos.
Reconozco mi adicción a la perpetua yihad interna,
a echarme unos puños con Bill el Carnicero
cada vez que me envuelvo en las sábanas.
Fleto barcos de Caladan a Arrakis
con el puestazo de melange.
Saco todos los porqués a los mundos
y los venenosos porquereres a las estrellas.
Y voy a seguir jugando fuerte
con los caballitos blancos
aunque acabe con ánimo de perdedor.
Seguiré chorrearme por la neurosis
y sacando la caligrafía más fea
en los pocos versos potables
de mis cuadernillos de verano.